
Por Débora Cuervo Torres.
La muerte es una larga y dolorosa despedida, es la ausencia corporal del ser amado, es el distanciamiento que deja un gran vacío en el corazón, es el desprendimiento del cuerpo-alma.
Es el amanecer de tu ausencia, donde no veré más tus ojos y jamás en ellos mi reflejo, es un profundo adiós que dejará un mal sabor de boca y un rostro mojado por el llanto. Es aceptar mi soledad y el dejarte ir con ella.
Es aceptar que te has ido a un mundo mejor, donde me esperarás como yo estaré esperando ese momento. Un momento en el cual habrá tiempo para todo, donde las tontas manecillas del reloj no avanzarán más, donde el tiempo perderá su agitado ritmo y solo habrá espacio para preguntarte que fue de nuestras vidas, y qué será después de ella.
“Siempre he tenido la idea de que nacimos para morir, pues la vida es solo un ratito, un momento, es como si nos fuera prestada”. Por ello hay que aprender a valorarla un poco más y a disfrutar cada pequeño detalle que nos regala.
Después de la muerte nos espera aún mucho más (el más allá nos aguarda ansioso para darnos algo mejor), donde tendremos el tiempo suficiente para enmendar cualquier error o tropiezo.
Toda la gente llora cuando pierde a un familiar, amigo o conocido (me incluyo), digo es obvio que suceda así pues en esos momentos no tenemos la serenidad de pensar como ahora lo hago, tenemos la idea del que se muere ya se fue y ¡ya!, pero ¡no!, una persona muere cuando su recuerdo se esfuma, es decir, cuando se le olvida.
La muerte es solo el cruce y el comienzo a una nueva vida de nadie se salva. Y nada de que te vas al cielo o al infierno, ¡no! Nada de eso, ¡mentira! Nosotros vamos a donde queramos ir conforme a nuestros actos; la tierra es el mismo cielo o infierno…todo depende de nosotros mismos, de lo que hayamos sido o seamos, de lo que hayamos hecho o no.
“La vida la vez de la manera en como la pintes”
Ciencias de la Comunicación.
Universidad de América Latina.





